Zucco. La Estación

ESCENA 12 / LA ESTACION

En una estación de ferrocarril

ZUCCO: Roberto Zucco.

LA SEÑORA: ¿Por qué repite todo el tiempo ese nombre?

ZUCCO: Porque tengo miedo de olvidarlo.

LA SEÑORA: Nadie olvida su propio nombre. Debe ser lo último que se olvida.

ZUCCO: No, no; yo lo olvido. Lo veo escrito en mi cerebro, cada vez peor escrito, cada vez menos claro, como si se borrase; tengo que mirar cada vez más de cerca para conseguir leerlo. Tengo miedo de encontrarme de pronto sin saber mi nombre.

LA SEÑORA: Yo no lo olvidaré. Seré su memoria.

ZUCCO: (Después de un tiempo) Me gustan las mujeres. Me gustan demasiado las mujeres.

LA SEÑORA: Nunca es demasiado.

ZUCCO: Me gustan, me gustan, todas. No hay bastantes mujeres.

LA SEÑORA: Entonces, yo le gusto.

ZUCCO: Sí, claro, es una mujer.

LA SEÑORA: ¿Por qué me ha traído con usted?

ZUCCO: Porque voy a tomar el tren.

LA SEÑORA: ¿Y el Porsche? ¿Por qué no se va en el Porsche?

ZUCCO: No quiero hacerme notar. En un tren, nadie se fija en nadie.

LA SEÑORA: ¿Se supone que debo tomarlo con usted?

ZUCCO: No.

LA SEÑORA: ¿Por qué no? No tengo ningún motivo para no tomarlo con usted. Desde que lo vi no me ha desagradado. Voy a tomarlo con usted. Además, es lo que desea, de otro modo me habría matado o abandonado en cualquier parte.

ZUCCO: Necesito que me dé dinero para tomar el tren. No tengo dinero. Mi madre tenía que dármelo pero se olvidó.

LA SEÑORA: Las madres siempre se olvidan de dar dinero. ¿Dónde quiere ir?

ZUCCO: A Venecia.

LA SEÑORA: ¿Venecia? Qué ocurrencia.

ZUCCO: ¿Conoce Venecia?

LA SEÑORA: Por supuesto. Todo el mundo conoce Venecia.

ZUCCO: Allí es donde he nacido.

LA SEÑORA: Bravo. Siempre he pensado que nadie nacía en Venecia, y que todo el mundo moría allí. Los bebés deben nacer cubiertos de polvo y telarañas. En todo caso, Francia lo ha limpiado a fondo. No veo ni rastro de polvo. Francia es un detergente excelente. Bravo.

ZUCCO: Tengo que marcharme, es indispensable; tengo que marcharme. No quiero que me cojan. No quiero que me encierren. Me da pánico estar entre toda esa gente.

LA SEÑORA: ¿Pánico? Pórtese como un hombre. Tiene un arma; los pondría en fuga sólo con

sacarla del bolsillo.

ZUCCO: Precisamente porque soy un hombre tengo pánico.

LA SEÑORA: Pues yo no lo tengo. Después de todo lo que usted me ha hecho ver, ni lo tengo ni lo he tenido nunca.

ZUCCO: Es precisamente porque nunca ha sido un hombre.

LA SEÑORA: Es usted complicado, muy complicado.

ZUCCO: Si me cogen, me encerrarán. Si me encierran, me volveré loco. Además, ya me vuelvo locoahora. Hay policías por todas partes, hay gente por todas partes. Ya estoy encerrado entre toda esa gente. No los mire, no mire a nadie.

LA SEÑORA: ¿Acaso doy la impresión de querer denunciarlo? Imbécil. Lo habría hecho hace

tiempo. Pero esos idiotas me repugnan. Usted, usted me gusta mucho más.

ZUCCO: Fíjese en todos esos locos. Fíjese en el aspecto tan malvado que tienen. Son asesinos. Jamás había visto tantos asesinos juntos. A la más mínima señal en su cabeza, se lanzarían a matarse entre ellos. Me pregunto por qué la señal no se dispara ahí, ahora, en sus cabezas. Porque todos están listos para matar. Son como ratas en jaulas de laboratorio. Tienen ganas de matar, se les nota en la cara, y en la manera de andar; veo sus puños cerrados en sus bolsillos. Reconozco a un asesino a primera vista; tienen las ropas manchadas de sangre. Aquí, están por todas partes; hay que quedarse tranquilo, sin moverse; debemos ser transparentes. Porque si no, si los miramos a los ojos, si se dan cuenta que los miramos, si se ponen a mirarnos y a vernos, la señal se dispara en sus cabezas, y matan, matan. Y como haya uno que empiece, todos van a matar a todos. Todos esperan tan solo esa señal en sus cabezas.

LA SEÑORA: Basta. No irá a tener un ataque de nervios. Voy a comprar los dos billetes. Pero tranquilícese, o nos haremos notar. (Al cabo de un tiempo) ¿Por qué lo mató?

ZUCCO: ¿A quién?

LA SEÑORA: A mi hijo, imbécil.

ZUCCO: Porque era un mocoso.

LA SEÑORA: ¿Quién se lo ha dicho?

ZUCCO: Usted. Dijo que era un mocoso. Dijo que la tomaba por idiota.

LA SEÑORA: ¿Y si a mí me gustara que me tomen por idiota? ¿Y si me gustaran los mocosos? ¿Y si me gustaran los mocosos más que nada en el mundo, más que los mayores? ¿Si odiara todo, todo menos los mocosos?

ZUCCO: Haberlo dicho.

LA SEÑORA: Lo he dicho, imbécil, lo he dicho.

ZUCCO: No hacía falta negarme las llaves. No hacía falta humillarme. Yo no quería matarlo, pero

todo se ha ido encadenando solo por culpa del asunto del Porsche.

LA SEÑORA: Mentiroso. No se encadenaba nada, todo se atravesó. Era a mí a quien apuntaba con su arma. ¿Por qué le voló a él la cabeza, con toda esa sangre?

ZUCCO: Si hubiese sido su cabeza, también habría saltado sangre.

LA SEÑORA: Pero yo no la habría visto, imbécil, yo no la habría visto. Mi sangre me importa un bledo, ya no me pertenece. Pero la de mi hijo, he sido yo quien se la metió en las jodidas venas, es asunto mío, era mío, no se pueden derramar mis asuntos de cualquier manera, en un parque, a los pies de una pandilla de imbéciles. Ya no tengo nada mío, ahora. Cualquiera puede caminar sobre lo único que me pertenecía. Los jardineros lo limpiarán todo mañana por la mañana. ¿Qué me queda, ahora, que me queda?

Zucco se pone en pie.

ZUCCO: Me marcho.

LA SEÑORA: Voy con usted.

ZUCCO: No se mueva.

LA SEÑORA: No tiene ni con qué tomar el tren. Ni siquiera me ha dejado el tiempo de dárselo. No le deja a nadie tiempo de ayudarlo. Es usted como una navaja automática que de vez en cuando cierra y guarda en su bolsillo.

ZUCCO: No necesito ayuda.

LA SEÑORA: Todo el mundo necesita ayuda.

ZUCCO: No vaya a llorar. Tiene el aspecto de una mujer a punto de llorar. Lo detesto.

LA SEÑORA: Me ha dicho que le gustan las mujeres, todas las mujeres, incluso yo.

ZUCCO: Menos cuando ponen cara de mujeres que van a llorar.

LA SEÑORA: Le juro que no lloraré.

Llora. Zucco se aleja.

LA SEÑORA: ¿Y su nombre, imbécil? ¿Es capaz de decírmelo ahora? ¿Quién lo recordará por usted? Ya lo ha olvidado, estoy segura. Estoy sola, ahora, para recordarlo. Se va a marchar sin su memoria.

Zucco sale. La señora permanece sentada y contempla los trenes.

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