Texto 14 y 19 Diciembre 2016

ROBERTO ZUCCO, de Bernard-Marie Koltès

ESCENA 2 / ASESINATO DE LA MADRE

La madre de Zucco, en ropa de dormir, ante la puerta cerrada.

LA MADRE:

Roberto, tengo la mano en el teléfono, descuelgo y llamo a la policía.

ZUCCO:

Ábreme.

LA MADRE:

No.

ZUCCO:

Si le doy un golpe a la puerta, se cae, tú lo sabes, no te hagas la idiota.

LA MADRE:

Pues hazlo, enfermo, loco, hazlo y despertarás a los vecinos. Estabas más seguro en la cárcel, porque si te ven te linchan: aquí no se tolera que alguien mate a su padre. En este barrio, hasta los perros te mirarán con malos ojos.

Zucco golpea la puerta.

LA MADRE:

¿Cómo es que te has escapado? ¿Qué clase de cárcel es esa?

ZUCCO:

Jamás me retendrán en prisión más de unas horas. Jamás. Abre; le harías perder la paciencia a una babosa. Abre o te destrozo la casa.

LA MADRE:

¿Qué has venido a hacer aquí? ¿De dónde te viene esa necesidad de volver? Yo ya no quiero verte, no quiero verte. Ya no eres mi hijo, se acabó. Tú para mí ya no vales más que una mosca de mierda.

Zucco tira la puerta abajo.

LA MADRE:

Roberto, no te acerques a mí.

ZUCCO:

He venido a buscar mi uniforme.

LA MADRE:

¿Tu qué?

ZUCCO:

Mi uniforme.

LA MADRE:

Esa porquería de traje militar. ¿Para qué quieres esa porquería de traje militar? Estás loco, Roberto. Hubiéramos debido darnos cuenta cuando estabas en tu cuna, y arrojarte a la basura.

ZUCCO:

¡Muévete, date prisa, tráemelo en seguida!

LA MADRE:

Te daré dinero. Es dinero lo que quieres. Te comprarás todos los trajes que quieras.

ZUCCO:

No quiero dinero. Lo que quiero es mi uniforme.

LA MADRE:

No quiero, no quiero. Voy a llamar a los vecinos.

ZUCCO:

Quiero mi uniforme.

LA MADRE:

No grites, Roberto, no grites, me das miedo; no grites, o despertarás a los vecinos. No puedo dártelo, es imposible; está sucio, está asqueroso, no puedes ponértelo así. Dame tiempo para que te lo lave, para que te lo seque, para que te lo planche.

ZUCCO:

Yo lo lavaré. En la lavandería automática.

LA MADRE:

Desvarías, pobre infeliz. Estás completamente chiflado.

ZUCCO:

Es el sitio que más me gusta en el mundo. Es apacible, tranquilo, y hay mujeres.

LA MADRE:

Y a mí qué. No quiero dártela. No te acerques, Roberto. Aún llevo luto por tu padre.¿Acaso vas a matarme a mí también?

ZUCCO:

No tengas miedo de mí, mamá. Siempre he sido dulce y amable contigo. ¿Por qué ibas a tenerme miedo? ¿Por qué no ibas a darme mi ropa? La necesito, mamá, la necesito.

LA MADRE:

No seas amable conmigo, Roberto. ¿Cómo quieres que olvide que has matado a tu padre, que lo has tirado por la ventana, como quien tira una colilla? Y ahora eres amable conmigo. No quiero olvidar que has matado a tu padre, Roberto, y tu dulzura me hará olvidarlo todo, Roberto.

ZUCCO:

Olvida, mamá. Dame mi ropa, aunque esté sucia, aunque esté arrugada, dámela. Y luego me marcharé, te lo juro.

LA MADRE:

¿He sido yo, Roberto, he sido yo quien te ha parido? ¿Has salido realmente de mí? Sino te hubiese parido aquí mismo, si no te hubiese visto salir de mí, y seguido con los ojos hasta que te acostaron en tu cuna; si no hubiese fijado, desde entonces, mi mirada en ti sin desviarla jamás, vigilando cada cambio de tu cuerpo, hasta ser incapaz de ver que se producían esos cambios, y si no te viera ahora ahí, idéntico al que salió de mí en esta cama, creería que no es mi hijo el que tengo delante. Pero te reconozco, Roberto. Reconozco la forma de tu cuerpo, tu cintura, el color de tu pelo, el color de tus ojos, la forma de tus manos, esas manazas fuertes que no han servido más que para acariciar el cuello de tu madre, para apretar el de tu padre, a quien has matado. ¿Por qué aquel niño, tan sensato durante 24 años, se ha vuelto loco bruscamente? ¿Cómo te has descarrilado, Roberto? ¿Quién ha atravesado un tronco de árbol en ese camino tan recto para hacerte caer al abismo? Roberto, Roberto, un coche que se estrella en el fondo de un barranco no tiene arreglo. Un tren que descarrila no puede volver a los raíles. Hay que abandonarlo, hay que olvidarlo. Yo te olvido. Roberto. Ya te he olvidado.

ZUCCO:

Antes de olvidarme, dime donde está mi uniforme.

LA MADRE:

Está ahí, en la cesta. Está sucio y arrugado. (Zucco saca la ropa). Y ahora márchate, me lo has jurado.

ZUCCO:

Sí, te lo he jurado.

Se acerca, la acaricia, la abraza, la estrecha, ella gime. La suelta y ella cae, estrangulada. Zucco se desnuda, se pone la ropa y sale.

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